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Fotografías con historia (3)
El Bogotazo
9 de abril de 1948

Jorge Eliécer Gaitán, hijo de un librero y de una maestra, nació en el barrio de Las Cruces, en Bogotá, el 23 de enero de 1898. Llegó a ser brillante abogado, aguerrido parlamentario y el más grande líder popular en la historia de Colombia. Cayó asesinado en el centro de su ciudad natal el 9 de abril de 1948. Ese día se troncharon sentidas aspiraciones populares y se abrió un caudal de conflictos y de odios que hoy le cuestan al país 30.000 vidas humanas cada año. Esta es una crónica de ese día terrible y un homenaje al gran caudillo popular.

En la Plaza de Toros de Santamaría: "Impulsaremos
la unión del pueblo liberal-conservador
contra la oligarquía liberal-conservadora..."

Gaitán había triunfado en las elecciones parlamentarias (marzo de 1946). A pesar de la violencia oficial, las listas liberales obtuvieron 805.874 votos y las conservadoras 653.986. Gaitán pudo asumir la jefatura única del liberalismo, por la cual había trabajado sin descanso desde 1934.

A pesar de sus victorias, seguía siendo un hombre sencillo. Su popularidad era inmensa. Nadie dudaba de su victoria en las elecciones presidenciales.

Su oratoria era de una efectividad asombrosa. Usaba pocas palabras y frases muy sencillas. Su razonamiento era fácil de seguir, y de una lógica impecable. Creaba el suspenso y la excitación con las pausas, y en pocos minutos controlaba por completo los sentimientos del público.

Sus enemigos más implacables eran los jefes conservadores Laureano Gómez (izquierda) y Mariano Ospina Pérez (derecha). Aunque rivalizaban ásperamente entre sí, se unían solidariamente ante el peligro gaitanista.

Desde 1946, instigados por Laureano Gómez y protegidos por el presidente Mariano Ospina Pérez, militantes conservadores habían comenzado a aplicar la violencia sistemática contra los campesinos liberales. Las masacres se sucedían sin cesar, cada día con mayor saña y crueldad.

La Marcha del Silencio (7 de febrero de 1948). Dijo Gaitán: "Señor Presidente: Pedimos que termine esta persecución de las autoridades. Ponga fin, señor Presidente, a la violencia. Todo lo que le pedimos es la garantía de la vida humana, que es lo menos que una nación puede pedir."
No hubo respuesta del gobierno. Las masacres continuaron.

Llegó el mes de abril. Bogotá se engalanaba para recibir
a los delegados de la VI Conferencia Panamericana.
Rompiendo la tradición, el gobierno no incluyó
al jefe de la oposición (Jorge Eliécer Gaitán)
en la delegación colombiana...

El 9 de abril, a la una y cuarto de la tarde, al salir de su oficina, Gaitán fue herido de muerte por un asesino que le disparó tres balazos casi a quemarropa. Trasladado de urgencia a la Clínica Central, el jefe liberal murió a las dos de la tarde.

Una mucheumbre enfurecida descuartizó al asesino de Gaitán, Juan Roa Sierra. Otros grupos intentaron canalizar sus pasiones hacia objetivos políticos. Se sitiaron los ministerios y la sede del gobierno. Pero muy pronto ese río humano se iba a salir de cauce.

Ciudadanos de clase media, empleados, oficiales del ejército y de la policía salieron a la calle a expresar su repudio y su protesta ante el terrible crimen. En menos de una hora, sin embargo, serían superados por otras fuerzas mayores y más violentas.

Porque el 9 de abril fue un día de furia colectiva. Ante el asesinato de su líder, el pueblo se desbordó. Fue un día de incendios, saqueos, machetes y cuchillos. La cólera popular fue incontrolable.

Las unidades de policía (mayoritariamente gaitanistas) se plegaron al alzamiento desde el primer instante. Aquí, un teniente de policía dirige a los civiles que asedian el ministerio de Justicia. El ataque contra el Palacio de la Carrera (sede presidencial) también fue dirigido por policías.

Los tranvías fueron incendiados. Como antorchas trágicas, envueltos en llamas, corrían en todas direcciones llevando a los barrios la noticia del fuego que consumía el centro de la ciudad. Las agencias de noticias transmitieron a todo el mundo las imágenes fantasmagóricas de tranvías ardiendo sobre un trasfondo de iglesias sombrías, bajo un cielo plomizo. Para los bogotanos, el 9 de abril de 1948 no fue solamente la fecha de un cataclismo político. Fue el día en que los amados tranvías, testigos y compañeros de días de trabajo y noches de bohemia, convertidos ahora en mensajeros de cólera, comenzaron a desaparecer para siempre del paisaje ciudadano. Se fueron con el humo del odio...

La reacción destructiva del pueblo, que entonces aparecía como simple furia ciega, puede hoy entenderse en su lógica elemental e implacable: "¡Señores oligarcas, ya que no quisieron compartir el país con nosotros, vamos a arrasarlo hasta sus cimientos! ¡Ya que no quisieron darnos un lugar en el país, no habrá país para nadie!"

Y la destrucción fue un hecho. Calles enteras quedaron reducidas a escombros. 52 manzanas del centro sufrieron destrozos. 103 edificios fueron arrasados, entre ellos el Palacio de Justicia, el Palacio Arzobispal, el Ministerio de Gobierno y la Gobernación de Cundinamarca.

A pesar de su cólera, el pueblo respetó dos símbolos de la historia nacional. En medio de los escombros de la Carrera Séptima quedaron en pie la histórica Casa del Florero, cuna de la independencia, y la Catedral Primada del país.

Colegios, conventos, casas comerciales
y edificios públicos quedaron en ruinas...

Todavía el día 15 de abril, cuando el gobierno comenzó a controlar la situación, ardían algunos edificios en la sacudida capital colombiana...

...y el 16 de abril, el aspecto de la Plaza de Bolívar evocaba escenas de la Segunda Guerra mundial.

...y en el cementerio se acumulaban los muertos, primero en hileras, luego en montones compactos, en espera de la fosa común...

Y la muerte del pueblo fue como siempre ha sido:
como si no muriera nadie, nada,
como si fueran piedras las que caen
sobre la tierra, o agua sobre sobre el agua.
(Pablo Neruda)